Anoche, al escuchar Canal Sur radio caí en la cuenta. Noté que todo es tan relativo que pocas cosas, muy pocas cosas, merecen mucha pena. Confirmé que a cualquiera le dan un micrófono -lo digo yo que un Lunes Santo de granos en la cara, me dieron uno de la SER- pero muy pocos somos los conscientes de nuestras muchas limitaciones. No todos sabemos transmitir lo que pensamos (muchos ni piensan) al hablar. Ni poseemos la dicción que, por respeto, debemos al que nos escucha a través de las ondas. Todo eso se nos olvida y los que nos lo recuerdan son unos hijos de puta envidiosos.
Y supe que a las emisoras de radio les interesa tener un programa de cofradías. Pero no me quedó tan claro si a las cofradías les interesa que haya programas como los que van quedando... Hasta luego, par de clásicos. Hasta siempre, voz íntima de madrugada. La radio se queda en los cajones. Dejo de ser su compañero y ella mi acompañante hasta que despierte de esta pesadilla. Parafraseando a Eduardo del Rey Tirado, en una graciosa reflexión, a mi después del Domingo de Resurrección del año pasado, como oyente radiofónico, me hicieron la pascua.